
20 de febrero de 2026
Los Juegos Olímpicos de Invierno nacieron ligados a un elemento esencial: el frío. Nieve y hielo han sido históricamente la base de estas competiciones. Sin embargo, en ediciones recientes como Milán–Cortina 2026, su impacto climático plantea una contradicción difícil de ignorar.
Eventos diseñados para celebrarse en entornos naturales cada vez más frágiles contribuyen, al mismo tiempo, a su deterioro.
La organización de unos Juegos de Invierno implica una gran movilización de recursos. Entre infraestructuras, desplazamientos y consumo energético, se estima una huella cercana a 930.000 toneladas de CO₂ por edición.
Si se consideran además factores indirectos como patrocinadores, logística global o turismo asociado, el impacto puede superar los 2 millones de toneladas, reflejando la complejidad de estos megaeventos.
Estas emisiones tienen consecuencias directas sobre los entornos donde se celebran. El aumento de temperaturas contribuye a la reducción de nieve natural y al retroceso de glaciares, afectando precisamente al recurso que hace posible la competición.
La necesidad de recurrir a nieve artificial es cada vez mayor, lo que implica un consumo adicional de agua y energía.
La paradoja es evidente: el cambio climático, al que contribuyen estos eventos, amenaza su propia viabilidad futura. Esto plantea la necesidad de replantear el modelo de organización, incorporando criterios más estrictos de sostenibilidad.
Reducir desplazamientos, optimizar infraestructuras existentes y minimizar el impacto ambiental serán claves en las próximas ediciones.
El deporte tiene la capacidad de movilizar a millones de personas y generar cambios positivos. Integrar la sostenibilidad en la organización de grandes eventos no solo reduce su impacto, sino que también envía un mensaje global.
Repensar cómo se celebran los Juegos es esencial para garantizar que puedan seguir existiendo en un contexto climático cada vez más exigente. Porque proteger el entorno es también proteger el futuro del deporte.