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Estrés térmico: por qué el calor no depende solo de la temperatura

9 de julio de 2026

Estrés térmico: por qué el calor no depende solo de la temperatura

El calor que sentimos no depende únicamente de los grados que marca el termómetro. La humedad, la radiación solar, el viento y la duración de la exposición influyen directamente en cómo responde el cuerpo a las altas temperaturas.

Esta combinación de factores se conoce como estrés térmico. Un mismo valor de temperatura puede percibirse de manera muy distinta según las condiciones ambientales: una jornada húmeda y sin viento, por ejemplo, puede resultar mucho más difícil de soportar que otra con la misma temperatura y un ambiente más seco.

En un contexto de cambio climático, los episodios de calor extremo son cada vez más frecuentes, intensos y duraderos. Comprender el estrés térmico es fundamental para proteger la salud y adaptar ciudades, espacios de trabajo y hábitos cotidianos.

Humedad, sol y viento: factores que agravan el calor

El cuerpo regula su temperatura principalmente a través de la sudoración. Cuando el sudor se evapora, ayuda a enfriar la piel. Sin embargo, si la humedad ambiental es elevada, este proceso se vuelve menos eficaz y aumenta la sensación de calor.

La radiación solar directa también incrementa la carga térmica, especialmente durante las horas centrales del día. A su vez, la ausencia de viento limita la evaporación del sudor y dificulta la pérdida de calor corporal.

Por ello, los indicadores de sensación térmica permiten evaluar mejor el riesgo que la temperatura por sí sola. Tener en cuenta estos elementos ayuda a anticipar situaciones en las que la exposición al calor puede ser más peligrosa.

El Mediterráneo, una región especialmente expuesta

Las regiones mediterráneas están experimentando un aumento de los episodios de calor intenso. Las olas de calor son más habituales, las temperaturas máximas alcanzan valores más elevados y los periodos cálidos se prolongan durante más tiempo.

Este fenómeno afecta a los ecosistemas, la disponibilidad de agua, la agricultura y la actividad económica, pero también modifica la vida diaria de las personas. Trabajar al aire libre, utilizar el transporte público, practicar actividad física o permanecer en viviendas poco acondicionadas puede resultar más difícil durante los periodos de estrés térmico.

Las ciudades son especialmente vulnerables debido al efecto isla de calor urbana. El asfalto, los edificios y la escasez de zonas verdes absorben y retienen energía, elevando la temperatura en comparación con las áreas rurales cercanas.

Noches cálidas y falta de recuperación

El riesgo no termina cuando cae el sol. Las noches tropicales, en las que la temperatura no baja de los 20 °C, son cada vez más frecuentes en muchas zonas. En episodios más intensos, las temperaturas nocturnas pueden mantenerse incluso por encima de valores más elevados.

La falta de descenso térmico impide que el organismo se recupere después de una jornada de calor. También puede afectar a la calidad del sueño, aumentar el cansancio y agravar problemas de salud preexistentes.

Las noches cálidas tienen un impacto especial en hogares sin sistemas adecuados de refrigeración y en zonas urbanas con poca vegetación. Por este motivo, adaptar las viviendas y los espacios públicos será una cuestión cada vez más relevante para la salud y el bienestar.

Un riesgo mayor para los grupos vulnerables

La exposición prolongada al estrés térmico puede provocar deshidratación, agotamiento, golpes de calor y otros problemas de salud. Las personas mayores, niños y niñas, personas con enfermedades crónicas, trabajadores expuestos al exterior y quienes viven en condiciones de mayor vulnerabilidad son algunos de los grupos con mayor riesgo.

Prevenir estos efectos requiere medidas sencillas, como mantenerse hidratado, evitar la exposición al sol en las horas de mayor intensidad, buscar espacios frescos y prestar atención a las alertas meteorológicas.

Sin embargo, la respuesta no puede depender únicamente de decisiones individuales. Administraciones, empresas y comunidades deben impulsar planes de prevención, protocolos laborales, refugios climáticos y sistemas de información accesibles.

Adaptarnos a un mundo más cálido

El cambio climático no solo transforma los ecosistemas. También está cambiando la forma en que vivimos, trabajamos y afrontamos algo tan cotidiano como el calor.

Reducir las emisiones sigue siendo imprescindible para limitar el calentamiento global. Al mismo tiempo, será necesario adaptar los territorios a una realidad en la que el estrés térmico tendrá un impacto creciente sobre la salud, la economía y la calidad de vida.

Comprender que el calor va más allá de la temperatura es el primer paso para prevenir sus riesgos y construir entornos más resilientes.


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