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Desertificación y sequía: por qué proteger el suelo es clave para un futuro sostenible

17 de junio de 2026

Desertificación y sequía: por qué proteger el suelo es clave para un futuro sostenible

La degradación del suelo es uno de los desafíos ambientales más relevantes y, al mismo tiempo, menos visibles. En el Día Mundial de la Desertificación y la Sequía, se pone el foco sobre un problema que ya no afecta únicamente a regiones áridas o territorios concretos, sino que representa una amenaza global para la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la resiliencia climática.

Cada año, millones de hectáreas de tierra fértil pierden capacidad productiva como consecuencia del cambio climático, la deforestación, la sobreexplotación de los recursos y determinados modelos de uso del territorio. Cuando el suelo se degrada, disminuye su capacidad para producir alimentos, almacenar carbono, retener agua y sostener ecosistemas.

Proteger el suelo significa, por tanto, proteger una infraestructura natural esencial para la vida y el desarrollo de las sociedades.

La pérdida de suelo fértil amenaza la seguridad alimentaria

La agricultura depende directamente de la salud del suelo. Un terreno fértil aporta nutrientes, retiene agua y permite el crecimiento de los cultivos. Sin embargo, la erosión, el uso intensivo, la pérdida de cubierta vegetal y la contaminación reducen progresivamente esta capacidad productiva.

La desertificación puede comprometer la disponibilidad de alimentos y afectar de forma directa a las comunidades rurales que dependen de la agricultura y la ganadería. En un contexto de crecimiento demográfico y aumento de la demanda alimentaria, conservar los suelos resulta fundamental para garantizar sistemas alimentarios resilientes.

Impulsar prácticas agrícolas sostenibles, como la rotación de cultivos, la reducción de la erosión, la protección de la vegetación o el uso eficiente del agua, permite recuperar la fertilidad y reducir la presión sobre el territorio.

Biodiversidad y ecosistemas en riesgo

El suelo alberga una gran diversidad de organismos que desempeñan funciones esenciales para el equilibrio de los ecosistemas. Hongos, bacterias, insectos y otros seres vivos intervienen en procesos como el reciclaje de nutrientes, la descomposición de materia orgánica y la regulación del agua.

Cuando el suelo pierde calidad, también se deterioran los hábitats y disminuye la capacidad de los ecosistemas para regenerarse. La degradación del territorio afecta a las especies vegetales y animales que dependen de estos espacios, favoreciendo la pérdida de biodiversidad.

La restauración de paisajes degradados, la reforestación con especies adecuadas y la protección de espacios naturales pueden contribuir a recuperar la cobertura vegetal y reforzar la resiliencia de los ecosistemas frente a los impactos climáticos.

Cambio climático, sequías y escasez de agua

El cambio climático acelera los procesos de desertificación mediante el aumento de las temperaturas, la alteración de los patrones de precipitación y la mayor frecuencia e intensidad de las sequías. Estas condiciones reducen la humedad del suelo y dificultan la recuperación de la vegetación.

A su vez, los suelos degradados retienen menos agua. Esto aumenta la vulnerabilidad de los territorios ante las sequías, pero también frente a lluvias intensas e inundaciones, ya que el terreno pierde capacidad para absorber y regular el agua.

La salud del suelo está, por tanto, estrechamente vinculada a la gestión sostenible de los recursos hídricos. Conservar la materia orgánica, evitar la erosión y recuperar la vegetación permite mejorar la infiltración del agua y reducir los efectos de los fenómenos climáticos extremos.

Un desafío social, económico y territorial

La desertificación no es solo un problema ambiental. La pérdida de productividad agrícola puede afectar al empleo rural, reducir los ingresos de las comunidades y aumentar la vulnerabilidad económica de territorios enteros.

En las regiones más expuestas, la escasez de agua y alimentos puede agravar desigualdades, generar desplazamientos de población y aumentar la presión sobre los recursos disponibles. Por ello, prevenir la degradación del suelo también representa una medida de adaptación climática y de estabilidad social.

Las administraciones, las empresas, el sector agrícola y la ciudadanía tienen un papel relevante en la protección del territorio. La planificación responsable del uso del suelo, la reducción de la deforestación y la inversión en restauración ecológica son medidas necesarias para frenar estos procesos.

Proteger el suelo para construir resiliencia

La salud del suelo define en gran medida la capacidad de los ecosistemas y las sociedades para adaptarse a los desafíos del futuro. Un suelo sano produce alimentos, conserva biodiversidad, regula el agua y contribuye a capturar carbono de la atmósfera.

Frenar la desertificación exige transformar la relación con el territorio y adoptar modelos de producción y gestión más sostenibles. Proteger el suelo no es únicamente conservar tierra fértil: es garantizar equilibrio ecológico, resiliencia climática y un futuro más seguro para las próximas generaciones.


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